Lantaneando (o sobrecogido por lo inefable) o cómo Daumal cruzó la Raya Real.
Con un grupo de camaradas, fui a buscar la Montaña que es la vÃa que une Tierra y Cielo; que debe existir en algún lugar en nuestro planeta, y que debe ser morada de una humanidad superior: eso fue racionalmente comprobado por aquél al que llamábamos Padre Sogol, nuestro mayor en las cosas de la Montaña, y que fue jefe de la expedición.
Y he aquà que hemos abordado al continente desconocido, nudo de sustancias superiores implantado en la corteza terrestre, protegido de la curiosidad y la codicia por la curvatura de su espacio, como una gota de mercurio, debido a la tensión superficial, es impenetrable para el dedo que intenta tocar su centro. Con nuestros cálculos –no pensando sino en eso-con nuestros deseos –abandonando toda esperanza- con nuestros esfuerzos –renunciando a cualquier comodidad- forzamos la entrada a ese mundo nuevo. Asà nos parecÃa. Pero más tarde supimos que, si conseguimos abordar al pie del Monte Análogo, fue porque para nosotros las puertas invisibles de esa región invisible habÃan sido abiertas por quienes las custodiaban. El gallo que da toques de clarÃn en el alba lechosa cree que su canto engendra el sol; el niño que grita en un cuarto cerrado cree que sus gritos lograrán que se abra la puerta; pero sol y madre siguen su camino, trazado por las leyes de su ser. Nos abrieron la puerta aquellos que nos ven aún cuando no conseguimos vernos a nosotros mismos, respondiendo con generosa acogida a nuestros cálculos pueriles, a nuestros deseos inestables, a nuestros esfuerzos limitados y torpes.
Daumal.
